
Hicieron falta dos bombas pero, al fin, murieron. Como Dori.
Lo del día anterior no había funcionado. Federico había descargado su arma por doquier, a bocajarro, gritando, con los ojos cerrados, inyectados en sangre bajo sus cansados párpados. “¡MORIIIIID!” había maldecido con un grito ronco y desesperado. Sus rodillas temblaban. A la altura de la cintura su cuerpo se inclinaba hacia atrás, y sus erguidos brazos terminaban en unos dedos índices que pulsaban un mismo gatillo en ráfagas de siete segundos. “¡Morid, malditas!”.
Uno no llega a esa situación así por las buenas. Tampoco lo desea. Es la desesperación, el odio, la rabia, la ira, al fin y al cabo, quienes le empujan a semejantes acciones. Eso se decía a sí mismo, mientras entraba al dormitorio dispuesto a la matanza. “Somos animales y, como tales, nos mueve el espíritu de supervivencia. O ellas o yo”. Entonces, arma en mano, cruzó la puerta. Read More